[columna] A propósito del Día del Árbol 

Por Camila Pérez Navarro, académica FED.

Diario Atacama

Corría el año escolar de 1938, cuando Marta –una joven estudiante del Liceo de Niñas de Temuco– lamentaba ser espectadora de los procesos de destrucción de los bosques en el sur de Chile. En un escrito publicado en la revista escolar Simiente, la estudiante admitía su incapacidad de entender por qué algunos hombres, “con manos crueles e inconscientes, den muerte por medio del fuego a miles de arbolitos que, unidos como para defenderse, forman nuestras montañas”. En el discurso de la época, la amenaza ecológica que significaba la deforestación de los bosques chilenos era real, no una simple advertencia.

Este porvenir sombrío no era nuevo. Desde 1909 el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública llevó a cabo un conjunto de acciones educativas orientadas a proteger y resguardar árboles y bosques. Una de estas iniciativas fue la realización de la Fiesta del Árbol, celebrada colectivamente por todas las escuelas de una misma ciudad o pueblo, con asistencia de las autoridades locales y escolares. La actividad incluía la recitación de poesías, monólogos, himnos y conferencias de destacadas personalidades o expertos. En algunos casos, era acompañada por actividades de perfeccionamiento docente en temáticas agrícolas o vegetales. Hacia finales de la década de 1920, esta era una celebración escolar que se repetía en todo el país.

Hoy, 6 de julio de 2026, se conmemora el Día del Árbol en Chile. La fecha convoca, como hace más de un siglo, a participar de actividades como plantaciones simbólicas y campañas de sensibilización. Pero la sociedad que celebra hoy ya no es aquella que, por entonces, hizo de la Fiesta del Árbol un dispositivo pedagógico capaz de movilizar discursos, afectos y prácticas colectivas en torno a la protección forestal.

La escuela enfrenta hoy demandas que sus antecesoras del siglo XX no imaginaron: la crisis climática, los megaincendios que han arrasado bosque nativo y plantaciones, la conflictividad territorial en torno a la industria forestal en el sur de Chile, y una ciudadanía que exige que la educación ambiental se convierta en formación crítica y sostenida. Plantar un árbol el 6 de julio sigue siendo un gesto valioso. Pero, casi 90 años después de que Marta escribiera sobre el porvenir sombrío de los bosques chilenos, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿logrará la escuela volver a ser un espacio donde el cuidado del árbol se enseñe con la misma convicción colectiva de entonces?