[columna] «Cuando la violencia cambia más rápido que la escuela»

Por Genevy Moreno Sajuria.

Directora Pedagogía en Educación Diferencial UAH

Académica de la Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado

 

Publicado en Diario Atacama.

La aprobación de la ley Escuelas Protegidas puede ser discutida a favor o en contra. Sin embargo, la pregunta más relevante no es jurídica ni política, sino educativa: ¿qué ocurre cuando las respuestas institucionales se construyen para una forma de violencia que se está transformando?

Las medidas actuales parten de un supuesto que resulta insuficiente: que la violencia es un evento que debe contenerse cuando ocurre. Pero ¿qué pasa cuando ya no es solo un evento, sino un proceso que se construye, circula y se instala antes de ejecutarse? El problema deja de ser exclusivamente de seguridad y pasa a ser de comprensión del fenómeno.

La violencia escolar ya no puede comprenderse solo como agresión física. Hoy posee dimensiones simbólicas, imitativas y comunicacionales que transforman la forma en que se manifiesta. La categoría de «efecto imitación» está quedando corta: lo observado en estos meses no es solo imitación, es una transformación en la gramática de la violencia escolar.

Primero, una dimensión simbólica: la violencia no es solo acción, es también significado. En el caso de Calama no hubo solo un ataque, hubo una narrativa, una forma de interpretar el mundo y situarse frente a los otros.

Segundo, una dimensión imitativa, pero no como copia de un acto, sino como reconocimiento de un repertorio posible. Cuando un evento de alta connotación pública ocurre, instala una posibilidad: lo antes impensable pasa a ser concebible.

Tercero, una dimensión comunicacional. La violencia produce efectos cuando circula, no solo cuando ocurre. Se anuncia, se exagera, se amenaza. Puede alterar la vida escolar sin concretarse: la amenaza se vuelve performativa y no necesita realizarse para producir daño.

Existe un desfase entre una violencia que cambia rápido y una escuela, una política pública y una formación docente que no la comprenden al mismo ritmo. Un docente del 2030 deberá interpretar amenazas simbólicas, reconocer contagio social y gestionar rumores digitales, además de enseñar su asignatura.

Cuando la violencia deja de ser solo un acto y se convierte también en lenguaje, las escuelas deben aprender a cambiar con ella. De lo contrario, seguiremos preguntándonos quién la ejerce, en lugar de comprender cómo se vuelve posible.