
Estimada Comunidad:
A propósito de los recientes hechos de violencia ocurridos en un establecimiento
educacional en Calama, como Facultad de Educación de la Universidad Alberto
Hurtado sentimos la responsabilidad de detenernos, reflexionar y acompañar a
nuestra comunidad. Lo ocurrido no solo nos impacta como sociedad, sino que
interpela directamente a quienes hoy se están formando para ejercer la docencia y a
quienes ya habitan cotidianamente los espacios educativos.
En esta línea, queremos abrir un espacio de reflexión a partir de la columna de
opinión de la académica Genevy Moreno, titulada “Lo que el cuaderno de Calama
nos obliga a leer”, publicada en El Desconcierto. Su análisis propone una lectura que
trasciende la contingencia inmediata y nos invita a comprender estos hechos no
como episodios aislados, sino como procesos que se configuran en el tiempo.
La columna sitúa un elemento particularmente significativo: el cuaderno del
estudiante, entendido no solo como evidencia, sino como un registro de un proceso
de elaboración progresiva, donde se expresan ideas, percepciones y malestares que
fueron tomando forma antes del hecho. En este sentido, la autora plantea que la
violencia no irrumpe de manera súbita, sino que se construye en tramas
relacionales, culturales e institucionales que muchas veces no logran ser leídas a
tiempo.
Desde esta perspectiva, el foco se desplaza desde la búsqueda de explicaciones
individuales hacia una interpelación al mundo adulto y a las condiciones que
configuran la experiencia educativa. La pregunta que subyace es profunda: qué
señales no fueron leídas, qué malestares no fueron comprendidos y qué capacidades
institucionales se requiere fortalecer para anticipar estos procesos.
Asimismo, la reflexión advierte sobre los límites de respuestas centradas
exclusivamente en el control o la seguridad. Si bien estas pueden ofrecer una
reacción inmediata, no abordan las dimensiones estructurales del problema. La
prevención, en cambio, se vincula con la capacidad de construir vínculos
significativos, generar espacios de escucha y desarrollar prácticas pedagógicas que
reconozcan el malestar antes de que escale.
Aquí, la formación docente adquiere un rol estratégico. No se trata únicamente de
incorporar contenidos sobre convivencia, sino de formar profesionales capaces de
interpretar contextos complejos, sostener comunidades educativas y construir
relaciones pedagógicas donde el reconocimiento y el cuidado sean centrales.
Al mismo tiempo, la columna es clara en señalar que la escuela no puede asumir esta
tarea de manera aislada. La convivencia educativa es una responsabilidad social más
amplia, que requiere articulación intersectorial, políticas públicas robustas y un
compromiso sostenido con la salud mental de niños, niñas y jóvenes.
Como Facultad entendemos que este contexto abre preguntas legítimas y desafíos
profundos en torno al rol de la escuela, la formación docente y las herramientas con
que contamos para enfrentar escenarios de alta complejidad. Lejos de ofrecer
respuestas simplistas, asumimos este momento como una oportunidad para
promover una reflexión situada, crítica y responsable.
Por ello, invitamos a nuestras y nuestros estudiantes, así como a docentes y
equipos educativos, a participar en este proceso reflexivo a través de un formulario
especialmente dispuesto para recoger miradas, experiencias y preguntas. Este
espacio busca fortalecer una comunidad académica que piensa críticamente su
quehacer y se compromete con la construcción de espacios educativos más justos,
seguros y humanos.